La psicodélica aventura de William S. Burroughs por Sudamérica

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William Burroughs bajo el lente del etnobotánico Dr. Richard Schultes en Mocoa, Colombia, 1953. Burroughs sostiene una liana de ayahuasca

Cuando William S. Burroughs comenzó su travesía sudamericana, tanto la primera como la segunda, todavía era un ignoto ciudadano estadounidense, que no había publicado ninguna novela, muchos menos indagado en la técnica literaria del cut-up y estaba lejísimos de realizar esos pequeños cortos cinematográficos que aún en la actualidad son una pieza atrapante, con sus repeticiones, lenguaje desfigurado y un arquitectura entre dada y surrealista, pero sobre todo beat.

Antes aquellas viajes, en la década del ’50, Burroughs solo era un ciudadano cercando a los 40 años, con un postgrado en antropología en Harvard, hijo de una familia acaudalada de Saint Louis, Missouri, que recibía una asignación mensual de doscientos dólares para poder hacer lo que quisiera.

Su biógrafo, Ted Morgan, escribió en Literary Outlaw: “Fue suficiente para mantenerlo en marcha, y de hecho le garantizó su supervivencia durante los próximos veinticinco años, llegando con buena regularidad. La concesión era un boleto a la libertad; le permitió vivir donde quería y renunciar al empleo”.

Lucien Carr, Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William S. Burroughs

Viajó por Europa, México y regresó a EEUU, donde conoció ya entrados los ’40 a gran parte de los autores fundamentales del movimiento Beatnik, como Jack Kerouac, Allen Ginsberg y Lucien Carr, entre otros.

En el ’44 se muda con Joan Vollmer, quien sería su esposa y madre de Billy, a un departamento que compartiría con Kerouac y su primera mujer. Allí comenzaría su derrotero por cuanta droga pudiese probar, marihuana, mezcalina, codeína, metadona y, principalmente, heroína. De sus experiencias erráticas, encuentros con dealers, abstinencia, y sus relaciones homosexuales, iría su primera novela, Yonqui (1953), que todavía estaba en imprenta cuando él estaba en sudamérica detrás del máximo alucinógeno, the final fix, el colocón definitivo: la ayahuasca.

Sin embargo, sus experiencias con las sustancias habían comenzado cuando aún no tenía conciencia de ellas. Durante su infancia sufre una quemadura y le inyectaron una “dosis adulta” de morfina. Aquella experiencia le trajo pesadillas, relató en una entrevista, y una vez oyó a una enfermera aseverar que el opio le producía sueños placenteros. Desde ese momento, probar opio fue una de las misiones de su vida.

Un amor “mexicano” y su primer viaje

Entrados los ’50, el autor de El almuerzo desnudo (1959) conoció a Lewis Marker, de 21 años, un carismático y atractivo estudiante estadounidense de la Mexico City College, lo que luego sería la Universidad de las Américas. Tras el flechazo en un bar de Ciudad de México rápidamente forjaron un vínculo cercano, por lo que convencerlo de realizar un viaje de dos meses por Sudamérica en búsqueda de la “telepatina” no fue complicado. La “telepatina” era la ayahuasca o yage, una planta que crecía en la amazonia de la que se decía tener capacidades telequinéticas y telepáticas.

En junio de 1951, ya había atravesado México, Panamá y Colombia. Cuando finalmente llegaron a Ecuador, la relación con Marker era pésima, el joven era carismático y expresivo, pero eso no lo hacía homosexual y ese desencanto terminó por horadar el vínculo. Regresó a México con un rotundo fracaso, sin yage, ni sexo.

Junto a Lewis Marker

Un asesinato a lo Guillermo Tell y Colombia

En su regreso a la ciudad azteca, Lonesome Cowboy Bill -como lo llamó Lou Reed para la canción homónima de Loaded, el segundo disco de la Velvet Underground– tuvo una experiencia que cambiaría su vida de manera radical. En un episodio confuso, con versiones encontradas, asesinó a su mujer, Joan Vollmer, de un tiro a la cabeza al intentar darle a un vaso de gin que se apoyaba sobre su cabeza mientras jugaban a Guillermo Tell en un bar. Marker, que había estado presente, declaró como testigo en el juicio por homicidio varios meses más tarde. Burroughs fue sentenciado a dos años en suspenso, pero huyó a EEUU al tiempo de pagar la fianza -y, dicen, algunos sobornos-. Marker regresó a su casa, en Florida.

“Me veo forzado a la terrible conclusión de que nunca me habría convertido en escritor, salvo por la muerte de Joan, y a la comprensión de hasta qué punto este evento ha motivado y formulado mis escritos. Vivo con la constante amenaza de posesión, y una constante necesidad de escapar de la posesión, del control. Así que la muerte de Joan me puso en contacto con el invasor, el Espíritu feo, y me condujo a una lucha de por vida, en la que no tuve más remedio que escribir mi camino”, dijo en una entrevista.

Recorte de periódico tras el “incidente” Guillermo Tell

El evento traumático despertó el deseo de encontrar su añorada “telepatina”. Escribió a Ginsberg hacia fines de mayo de 1952: “Tengo presentimientos sobre esta expedición a Sudamérica. No sé por qué, excepto que parece una especie de último intento de cambiar los hechos”. En Burroughs Live: The Collected Interview of Wiliam S. Burroughs, 1960-1997 aseguró que “había leído por primera vez sobre el tema en National Geographic o New York Enquirer o algún tonto periódico tabloide”.

En una carta a Ginsberg dos días antes de la navidad de 1952 en Palm Beach, Florida, Burroughs expresa su deseo de volver a Sudamérica, específicamente a la región del Putumayo, ya que había recibido información confiable de que en ese lugar encontraría ayahuasca. Partió, en soledad, con dinero de sus padres, que creían que iban a financiar un viaje a Colombia donde realizaría investigaciones de campo.

Luego del año nuevo del ’53 llega a Panamá, desde donde comenzará a descender hasta arribar a Perú. Pasó por Bogotá, Colombia, ciudad que le desagradó por la presencia “oscura y de opresión” que parecía continuar desde la época de la colonia española “como en ninguna otra ciudad de Latinoamérica”. Mientras que en Pasto conoce al botánico Richard Evans Schultes, también estadounidense y egresado de Harvard, quien fue uno de los primeros expertos en el estudio de plantas psicoactivas. El etnobotánico le explicó al antropólogo todo lo que sabía sobre la planta, desde sus principios químicos a cuál era su función tribal.

Richard Evans Schultes

Baja en barco por el río Putumayo y en Puerto Limón, Isla Fuerte, conoce a un chamán que le prepara una infusión fría de la planta a cambio de aguardiente, aunque aquella primera experiencia no lo sorprende, ya que solo siente los efectos en los sueños. En Puerto Asís, en el límite con Perú, la Policía Nacional le pide sus papeles y hallan un problema con su visa. Es detenido y debe esperar, sufre de malaria, y lo obligan a regresar a Bogotá para para obtener una nueva visa

Cuando ya creía que no podía cumplir con su objetivo, se reencuentra con Schultes, quien lo suma a una expedición oficial de la Anglo-Colombian Cacao Expedition. El botánico Paul Holliday lo describe en su diario de viaje como un ser “alto, flaco, lánguido” a quien “una firma ha comisionado para escribir un libro sobre narcóticos”. Días después, en Mocoa, comparten una toma de ayahuasca: “El viejo indio le dio un vaso lleno de la cosa (una mezcla de dos alcaloides de una planta salvaje), y quince minutos después lo envió totalmente fuera de sus cabales: violentos vómitos cada pocos minutos, pies entumecidos y manos inútiles, incapaz de caminar en línea recta […]. Regresó al hotel alrededor de las siete de la mañana después de una noche bastante horrible”. En aquel momento, Burroughs entra en pánico y toma una dosis de nembutal para bajar los efectos del yague.

Un perspectiva sobre Lima

La primera carta desde Lima la escribe desde el número 930 de la avenida José Leal en Lince, el cinco de mayo de 1953. Dice que le hace recordar a Ciudad de México, uno de los lugares donde se sentía más cómodo en el mundo y destaca: “Es una ciudad de espacios abiertos, mierda desparramada en las calles y grandes parques, buitres (gallinazos, en realidad) pululando en el cielo violeta y niños pequeños escupiendo sangre en las calles”.

De gris la primera residencia de Burroughs, a la derecha el Gran Hotel Bolivar

Una semana después escribe ya desde el pintoresco Gran Hotel Bolívar. Entre otros temas, sostiene: “No he visto bares de gays, pero en los bares que se ubican en los alrededores del Mercado Mayorista (Mercado Central) cualquier chiquillo es astuto y se encuentra disponible ante la vista del dólar americano”. Compara la experiencia con la que tuvo en Viena, durante 1936, cuando tras recibirse en Harvard vivió una amplia cantidad de relaciones gays con jóvenes durante los años de la República de Weimar en Austria y Hungría, mientras se producía el ascenso régimen nazismo.

Sin embargo, aquellos encuentros le producirían más pérdidas económicas. Cada mañana, un nuevo acompañante, cada mañana un objeto desaparecía de su habitación: relojes, navajas de afeitar, anteojos, cuchillos y hasta cheques de viajero.

“Ésta es una nación de cleptómanos. En toda mi experiencia como homosexual nunca había sido víctima de robos tan idiotas por artículos de tan poco valor y uso para nadie”, dijo a Ginsberg durante el intercambio epistolar.

Asegura que la capital peruana tiene buen clima y mejor gastronomía, un costo de vida barato y un barrio chino extenso, aunque le sorprende el nivel de violencia que existe entre los ciudadanos: “Ver algo de sangre es moneda común en estos turbios bares peruanos. Reventarle una botella a tu oponente en la cara es una práctica usual. Todos lo hacen aquí”. Le asombra, por otro lado, que las fuerzas policiales actúen de manera diametralmente opuesta a las de EEUU, en vez de la brutalidad los ve más relajados, incluso dialogando de manera comprensiva con los delincuentes.

Permaneció en Lima poco más de un mes, esperando por dinero vía EEUU, mientras escribía de manera sistemática sobre lo que ya sabía del yage con la esperanza de publicar en la revista Life, mientras Ginsberg, ex pareja, devenido en su agente literario, le daba fuerzas.

Yonqui, El almuerzo desnudo y Las cartas de la ayahuasca

Pucallpa y el “final fix”

El 18 de junio vuelve a escribir al autor de Aullido para narrarle su primera toma, junto a “seis indígenas” de la etnia shipibo-conibo, guiados por un chamán: “Experimenté primero una sensación de serena sabiduría. Lo que siguió a continuación fue indescriptible. Estuve como poseído por un espíritu azul. Al mismo tiempo, fuertes espasmos sexuales pero heterosexuales que no fueron para nada desagradables me invadieron”.

Explica luego que la fase inicial del trance es similar a viajar por el espacio y el tiempo, similar a lo descrito por H.G. Wells en La Máquina del Tiempo y también enfatiza que la sensación “no se parece a ninguna otra que haya experimentado con drogas”. Sostuvo que la experiencia era como ingresar a las pinturas de Van Gogh, donde todo parece “tener un movimiento furtivo”.

Junto a Ginsberg (Hank O’Neal)

Consumirá en total en 5 oportunidades, pero descubre -para su desilusión- que el brebaje no puede reproducirse en otro lugar, ya que se necesitan raíces frescas y hierbas que solo es posible encontrar en la selva.

Parte hacia Tingo María para regresar a Lima, pasa dos días en Huánuco, que le recuerda “un horrendo basurero”: “Pasé el tiempo deambulando mientras tomaba fotografías, tratando de captar las montañas, el viento en los árboles, los tristes parques con estatuas de generales o cupidos, e indígenas con un aura de abandono sudamericano masticando coca y haciendo absolutamente nada”.

Ginsberg se preparaba para su propio viaje a Sudamérica, donde seguiría los pasos de Burroughs. Carta de 1960

Volvió a México en los primeros días de agosto, sin importarle los controles migratorios ni la condena que lo esperaba por el asesinato de Joan. Buscó desesperadamente a Lewis Marker: “Parece que ha desaparecido bajo extrañas circunstancias”, dijo a Ginsberg. Aquel joven extrovertido jamás volvería a cruzarse con Burroughs.

En su regreso también recibió un ejemplar de su primera novela, Yonqui, que había firmando con el seudónimo William Lee -por el apellido de su madre Laura- para evitar un escándalo a su familia.

Toda aquella experiencia epistolar fue recopilada en Las cartas de la ayahuasca (1963), que también incluye la experiencia de Ginsberg con yage en Perú en 1960. El libro marca el surgir del movimiento contracultural psicodélico que tomaría EEUU durante esta década, que había comenzado apenas unos meses antes cuando el escritor Ken Kesey -autor de Alguien voló sobre el nido del cuco– junto a los Marry Pranksters recorrieron EEUU en un autobús llevando el LSD de costa a costa, en lo que se conoció como los viajes del ácido, tal como narra Tom Wolf en primera persona en Ponche de ácido lisérgico (1997).

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